Las mujeres somos un poco más de la mitad de la población de Chile, pero solo la mitad de esta mitad tenemos un trabajo formal, mayoritariamente en sectores donde las remuneraciones son menores que las de nuestros colegas varones. Donde estamos más ausentes es en las ciencias, tecnología, ingenierías y matemática, conocidas como carreras STEM por sus siglas en inglés.

Esta ausencia algunos la justifican con estereotipos: por ejemplo, que como mujeres nos gusta ayudar al prójimo, por eso elegimos carreras más “sociales” como pedagogía, enfermería y psicología; que no nos interesan los campos STEM o que simplemente somos malas para las matemáticas o las ciencias, y tenemos que elegir carreras más “blandas”. Basta con ver la distribución en la PSU: En 2017, el 84% de los puntajes nacionales en matemática fueron de hombres.

Enfoquémonos en computación y tecnología, las áreas que conozco más de cerca. En países como Estados Unidos, se estima que la participación femenina en el mercado laboral es del 20% a 25% en estas áreas. En 2018, casi un 7% de las empresas de la lista Forbes Global 2000 son de tecnología, con billones de dólares en ganancias. Esto ha llevado a una cuasi obsesión por crear la siguiente “gran app”, ser el siguiente Bill Gates o Jeff Bezos. A las mujeres también nos gusta ganar dinero, pero en Chile, las últimas cifras de la Asociación Chilena de Empresas de Tecnologías de la Información (ACTI, 2016) dicen que la participación femenina en TI es cercana al 5%. Esto no es ni la mitad de la mitad de la mitad.

¿Cuáles son las causas de esta brecha? ¿Por qué en Chile es mucho mayor que en otros países?
¿Qué pasó con la revolución digital que iba a ayudar a reducir la desigualdad?

No hay una única razón para explicar esta brecha de género, ni aquí ni en el mundo, pero de sobremanera las mujeres chilenas están decidiendo en forma temprana que computación y tecnología no son para ellas. Empecemos con los catálogos de juguetes para el día del niño: los kits de robótica son para niños, las cocinas para niñas. ¿Y en el colegio? Hace poco, me tocó escuchar a una niña que explicaba que quería participar en el equipo de robótica de su colegio. El profesor dijo que ella no estaba preparada, pero después le dio el cupo a un compañero que tenía peores notas que ella. Si no te desincentiva un profesor, son los compañeros, donde ser diferente te hace blanco fácil de bullying.

Pensemos en una niña que llega a la educación media aún interesada en computación y programación. Ya ha usado plataformas como Scratch (http://scratch.mit.edu/) o AppInventor (http://appinventor.mit.edu/), ¿qué viene después? Algunas tienen más oportunidades que otras: viven en ciudades como Santiago y Concepción, donde hay una creciente oferta de talleres de programación y tecnologías, y pueden seguir desarrollando sus habilidades. Para el resto, la programación se convierte en un (¡ojalá!) bonito recuerdo. Seguirán usando aplicaciones (Facebook ya pasó de moda, ahora es Instagram y Snapchat), pero sin pensar en cómo adaptar o crear productos para satisfacer sus propias necesidades.

Pensemos qué ocurre cuando esta niña se convierte en mujer: cada día más mujeres chilenas están optando por seguir estudiando, posponiendo la maternidad. Entrar a la universidad es solo el inicio del camino, hay que llegar a la meta, el cartón. Y como las manifestaciones feministas del último año han dejado en evidencia, no solo hay que superar los desafíos académicos por los que las carreras STEM son conocidas, sino también enfrentar situaciones de discriminación y/o acoso, dentro y fuera del aula. En general, hay pocas académicas en las facultades de ingeniería y ciencias, y muchos estudiantes terminan sus carreras sin haber tomado clases con una profesora.

Quisiera decir que todo mejora al llegar a la industria, que las cosas cambian. Sin embargo, los reportes de la Dirección de Trabajo dicen lo contrario: ha habido un aumento de denuncias por acoso sexual, especialmente entre jerarquías, y se habla de la “maternidad castigada”, donde mujeres embarazadas se dan cuenta de que sus opciones de promoción se limitan, o son hostigadas para que renuncien. También existen empresas que no contratan a la mujer número veinte, para evitar tener que instalar una sala cuna.

En inglés, esta es la llamada leaky pipeline, una cañería donde las mujeres somos como el agua que cae por las goteras, en el largo camino a la computación y la tecnología, o a otras carreras STEM. Queremos más mujeres en ciencias y computación, pero no es posible bajo estas condiciones.

Comencemos de nuevo: las mujeres somos un poco más de la mitad de la población de Chile, pero nos faltan las ingenieras, las desarrolladoras, las emprendedoras y las científicas que puedan pensar en nuestras necesidades. Tomar un notebook de bajo rendimiento y pintarlo de rosado, no lo hace “para ellas”.